Clases de igualdad

Samuel Muntean | Castellón

«Donde hay educación no hay distinción de clases», decía el gran pensador Confucio. Y es que esto lo he experimentado por mi propia piel. Tras casi cuatro años de estudios de Periodismo en los que se ha abordado el tema del sexismo y de la desigualdad de género, desde los primeros cursos, mi mentalidad, que más bien, era indiferente con respecto al tema, ha cambiado desde un desinteresado hacia un militante pacifista por los derechos de igualdad de género y en general. Sin embargo, las circunstancias me han dado la posibilidad de poder comparar la transformación. Estudiantes de otros grados universitarios como pueden ser los de Diseño Gráfico cuyos estudios se centran en la generación de contenidos gráficos, están tentando siempre los límites de la deontología profesional y de la ética de la imagen. Cuando les señalo mensajes que ellos mismos generan como cercanos a un contenido discriminatorio, sexista, basados en estereotipos sociales, empiezan a detestar e ignorar mi punto de vista. Hace más de cuatro años quizás yo me hubiera comportado de la misma manera. ¿Qué ha cambiado? La formación asimilada ha activado en mí la conciencia social.

Desde hace mucho tiempo se está insistiendo en que la enseñanza educa. Etimológicamente, la palabra educar, encuentra sus raíces en el término latín educere que, aparte de la vía inductiva, “ser guiado”, tiene otra que es deductiva, es decir, “sacar lo mejor de una persona”. Actualmente hay propuestas bastante tímidas, aunque paulatinas, para llevar a cabo un plan que promueva la igualdad de género en los cursos escolares primarios o los del instituto. En las universidades se está normalizando cada vez más esta tentativa. Sin embargo, el camino a recorrer es muy largo. Por otro lado, si se implementa de forma relajada una educación no sexista en las universidades,  la posibilidad y el efecto serían distintos, ya que solamente 20 personas de 100 realizan estudios de nivel superior. Además, los esfuerzos, que cada vez son más amplios tanto en los medios de telecomunicación como en el espacio domestico, llevaría la igualdad a un ritmo fatigoso.

La educación, en este sentido, no tiene que hacerse por falta de conocimiento, sino para concienciar a la sociedad de la importancia que tiene y para instruirla en este camino hacia la igualdad. Pese a que se piensa que la situación ha mejorado lo suficiente en materia de discriminación, los datos de la Organización Mundial de la Salud indican que cada año en España 70 mujeres son víctimas letales de la violencia de género y también añaden que tan solo el 25% de las 600.000 mujeres maltratadas lo cuentan. La educación es el punto primordial para solucionar el problema de la discriminación. Subrayando al escritor, crítico de arte y sociólogo británico, John Ruskin, educar no es enseñar a alguien algo que no sabía, sino hacerle ser alguien que no existía.

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