Por qué no podemos vivir sin ellos

Abdel Kader Faradi, inmigrante marroquí entrevistado por “El País”. | Tania Castro

Inma Aparici | Castellón

Por qué no podemos vivir sin ellos es el titular del reportaje publicado por El País el 22 de octubre de 2014. El artículo agrupa cinco testimonios de “ellos”: personas obligadas a emigrar como Abdel Kader, figura en la que nos centraremos. Las diferentes declaraciones han sido extraídas de medios de varias naciones europeas: El País (España), La Stampa (Italia), Le Monde (Francia)… 

La respuesta al titular se encuentra en los subtítulos. ¿Por qué no podemos vivir sin ellos? Porque “los inmigrantes son indispensables para la economía europea”. Una visión de la inmigración interesada, que se desarrolla a lo largo de todos los testimonios y deshumaniza a las personas para convertirlas en instrumentos económicos.

En este sentido, la guía del Consejo Audiovisual de Cataluña (CAC) es clara: “cabe eludir las visiones nucleares, pretendidamente pragmáticas y meramente utilitaristas de la inmigración, que renuncien a apelar a los valores y que la presenten como una necesidad social transitoria delante de circunstancias como las necesidades del mercado”. 

Los inmigrantes son indispensables para los sectores estratégicos europeos, como el ingeniero informático Alexander Novikov, el médico brasileño Renato Lupinacci, el agricultor marroquí Abdel Kader Faradi y el pizzero egipcio Khalil.

Esta idea deja entrever algo que constataremos después. Todas las personas citadas son hombres: Alexander Novikov, Renato Lupinacci, Abdel Kader… Y en las contadas veces que se habla de mujeres es para presentarlas como ‘la francesa que se ha casado con Renato Lupinacci’ o ‘la alemana que se ha casado con Novikov’.

Como defiende el manual del CAC, el Instituto Catalán de las Mujeres y el Colegio de Periodistas de Cataluña, las mujeres migradas padecen el efecto de la invisibilización y del silenciamiento mediático por una doble causa: por ser mujeres y por ser inmigrantes.

Abdel Kader Faradi, un marroquí de 47 años, llegó a España en 1992. Durante los últimos 22 años ha trabajado en el mismo lugar: los invernaderos de Miquel Martí en Almàssera (Valencia). Casado y con un hijo, con una situación laboral estable y una vida de plena integración, Abdel Kader se nacionalizó hace unos años.

Seguimos con el caso de Abdel, que a pesar de tener una “vida plena de integración” y haberse nacionalizado, sigue siendo considerado ‘marroquí’ pero no español. Y según el defensor del lector de El País, llamar ‘inmigrantes’ a personas asentadas resulta abusivo, pues “supone definir su condición social a partir de la acción de inmigrar, que puede haber sucedido hace años y supone atribuir una identidad socialmente estigmatizada”.

“Estudiaba literatura árabe en la universidad en Casablanca. Nunca había trabajado salvo alguna semana en bibliotecas."
Sin inmigrantes en España, el sector agrícola perdería a casi uno de cada cuatro empleados. A finales de 2013, trabajaban en los campos españoles 808.500 personas, de las que 190.300 eran extranjeras, según los datos de la Encuesta de Población Activa.
“No sabía ni dónde iba. Estaba cagado de miedo. Al hermano de mi amigo no le dejaron pasar en el control de fronteras y le metieron en un cuarto de cristales. Desde dentro me hacía señales con los brazos y me decía “¡vete! ¡vete!”. Y ponía una cara… como si yo estuviera logrando algo grande…”.
Pese a las dificultades, viviendo sin agua, sin luz, comiendo poco y durmiendo con una sola manta y entre ratas (ríe cuando recuerda cómo les caían encima durante la noche), asegura que fue feliz.

Aunque se pretenda dar una imagen positiva de la inmigración como una oportunidad de trabajo, no se contextualiza la situación ni las causas por las que Abdel decidió dejar sus estudios y emigrar a otro país para empezar una nueva vida -más precaria- y trabajar en la agricultura, un sector que nada tiene que ver con la literatura. Pero sí que se refuerza la visión utilitarista de la inmigración, aportando datos de la Encuesta de Población Activa.

La guía del CAC desaprueba esta falta de explicaciones: “conviene prescindir de elementos anecdóticos, rutinarios o superfluos de los relatos de actualidad que no incorporen información significativa y reforzar la reflexión experta”. Y insiste en que se debe contextualizar las noticias relacionadas con la inmigración y aportar documentación sobre la situación de los países de origen para facilitar la ruptura de los estereotipos.

“Todo lo que sé lo aprendí de Miguel y todo lo que tengo es gracias a él. Miguel no es mi jefe, es mi maestro”, explica agradecido. “De él aprendí mucho, también a enseñar. Me hace el trabajo fácil, diverso y me respeta”, explica poco antes de terminar una jornada laboral que le permite ir a la mezquita.

Seguimos con una imagen positiva de la inmigración un tanto acrítica, pero esta vez desde un punto de vista paternalista: ‘Miguel’ se erige como el salvador de Abdel, quien se lo enseñó todo y al que le debe agradecimiento por ayudarle a ir a la mezquita. Aquí, la guía del CAC advierte de que: “la adopción de una actitud apologética o de un supuesto lenguaje ‘políticamente correcto’ pueden llegar a ser formas de paternalismo eurocéntrico”. Un paternalismo del que hay que huir en toda regla.

“Crisis es lo que hay en Marruecos, donde vivimos una crisis permanente. Aquí la gente habla de crisis por el móvil, tiene una casa...”, critica. Para él, emigrar no supone un drama. “Yo jamás pensé en trabajar en la agricultura, un trabajo además mal visto en Marruecos. [...] España ha sido un país de emigrantes que se levantó con el dinero de vuestros abuelos que estaban fuera. Emigrar es tan natural como la vida misma”.

Esta visión positiva pero acrítica se camufla ahora mediante la idea de normalización, que simplifica la realidad de la que proviene Abdel: Marruecos, un país en crisis permanente. ¿Pero cuáles son las causas de esa crisis? No lo sabemos. Y la guía del Colegio de Periodistas de Cataluña nos recomienda ser claros: es importante evitar simplificaciones y generalizaciones cuando se informe de los países de origen de los inmigrantes”.

“Aunque la crisis económica ha llevado a muchos parados españoles a buscar trabajo en el campo, la mayoría no tiene experiencia y yo sigo prefiriendo a los peones marroquíes con los que llevo trabajando muchos años”, defiende un empresario agrícola.
Si las crisis empieza a remitir, es poco probable que los españoles quieran regresar al campo, sostienen las asociaciones de inmigrantes, que continúan impulsando el empleo de los extracomunitarios en la agricultura, donde actualmente trabaja el 9% de los extranjeros. En 2014, ha sido el tercer sector, por detrás del trabajo doméstico y de la hostelería, donde Red Acoge ha logrado un mayor número de contratos para inmigrantes.

El artículo concluye como empezó: hablando desde una perspectiva económica y utilitarista de la inmigración, y reforzando los estereotipos de que los inmigrantes son personas potencialmente destinadas a la agricultura o al trabajo doméstico, independientemente de los estudios que cursaran en su país de origen (recordemos que Abdel estudiaba literatura árabe). No cabe duda de que a los medios aún les queda mucho por aprender en cuanto al tratamiento informativo de la inmigración.

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